Ante la menor señal de un animal, buscaba refugio de inmediato: “Por eso te digo, hasta ahora, lo digo porque, pues es que, ¿qué hago? O sea, es un hecho y pues me superaba. O sea, no era algo que yo había decidido tener, simplemente era así… Reja que encontraba, reja a la que terminaba trepada”, recordó sobre su instinto de protección.
Esta reacción se repetía en distintos escenarios cotidianos, ya fuera en casas de familiares, durante visitas o en parques, donde la sola presencia de un perro bastaba para desencadenar su miedo.
La situación se agravaba cuando intentaba huir, ya que, como ella misma señaló, cuanto más corría, más la perseguían los animales.
Incluso, contó que enfrentar este temor no resultó sencillo, pero su padre, consciente de la dificultad que atravesaba, le propuso una estrategia para manejar la situación y le sugirió que, en vez de huir, permaneciera inmóvil y respirara con calma cuando un perro se acercara.
“Tú te quedas quieta, quieta y vas a respirar lo más tranquila que puedas. El perro va a llegar, te va a dar una vuelta y se va a ir y tú vas a poder seguir caminando. O sea, estatua, pero respirando como conscientemente (ríe). Y yo hice estatua hasta que nació mi hija”, le aconsejó el papá a Andrea Serna,
Serna adoptó esta técnica y, durante años, optó por convertirse en “estatua” cada vez que se encontraba con un animal, controlando su respiración y evitando movimientos bruscos para no llamar la atención de los perros.
Esta rutina se mantuvo hasta que la vida le presentó un nuevo desafío: la maternidad, pues el nacimiento de su hija marcó un punto de inflexión en su actitud frente a los animales, según comentó.
Cuando la niña comenzó a mostrar interés por los perros en el parque, Serna comprendió que debía superar su miedo para acompañarla en esas experiencias y decidió armarse de valor, ya que ante la insistencia de su hija, accedió a interactuar con un perro bajo la supervisión de su dueña.
“Ya cuando mi hija empieza a crecer, lo típico, así en el parque: ‘Mamá, el perro…’, y yo: ‘Ok, me voy a llenar de valor, pero esto se acabó’. Entonces le pregunté: ‘Ay, señora, ¿el perro muerde?’ Un perrito ahí en el parque, todo hermoso, lleno de pelo, o sea, más inocente que la inocencia… Y la señora: ‘No, no, no, no muerde’ y yo: ‘Ay, ¿será que usted me lo ayuda a sostener de la cuerdita y yo lo soba acá con mi hija?’. Y así empecé, sobando perro en el parque”, recordó Serna respecto al primer paso para acercarse a los animales y compartir ese momento con su hija.